Mi primer partido en vivo

Mi primer partido en vivo

Cualquiera que me conoce, asumiría que me refiero al ahora legendario juego entre los texanos de Houston y los Raiders como locales, en el Azteca. Sin embargo, no fue así: por azares del destino, el día anterior al súper comentado Monday Night, estaba yo en Los Ángeles, en medio de una tormenta, perfectamente recubierta por un acolchado impermeable en el Coliseum Memorial de 1923 (¿!) disfrutando de los Rams contra los delfinuchos. Extasiada, veía el juego y todo a mi alrededor como una provinciana. He presenciado en vivo miles de partidos de soccer, baseball, basket, tennis, y nunca uno de americano, aun cuando sigo los partidos por tele desde hace ocho años. Obvio, les iba a los de casa y a los turistas que llevaban una playera de Dan Marino los veía yo con desprecio. Apenas iban siete a cero y me había perdido el touchdown porque llegando a la entrada, en medio de una tormenta, repito, me deja saber el guardia de dos metros, que no puedo pasar con mi bolsa. Carajo. Pensé en sacar mi cartera y demás utensilios y dejar el enorme saco estorboso tirado en la basura. No obstante mi impaciencia, ganó la decencia e hice cola para dejar mis pertenencias en el guardarropa. Me perdí casi todo el primer cuarto en ese trámite. En eso, todavía afuera, veo que frente a mí un chavo se pelea con el de la entrada porque no le dejaba meter sus Marlboro. Acto seguido, extraje mi cajetilla de Camel de la bolsa transparente en donde debes depositar tu parafernalia, y me la escondí en los calzones. No me iba a echar tres horas sin fumar. Pasé directamente al puesto de cervezas. O Pacífico o Corona. (Supe que en el Azteca nada más se vendía Bud Light.) Pues lo que sea, pero démela. Primero muéstreme su i.d. y son quince dólares. No sé qué me escandalizó más: que a mis 48 años me pidieran una identificación o que la cervecita costara 300 pesos. Oh mi Dios, ni hablar. Una vez dentro, a pesar de la interminable lluvia, me sentí cobijada con la llama olímpica encendida, la arquitectura majestuosa de un estadio que, si se me permite, tienen mucho de la estética comunista;  me fascinaron las pantallas que repetían de cerca las jugadas, los letreros luminosos con el tiempo restante de cada jugada, el marcador, los resultados de los partidos finiquitados, los vendedores de palomitas, de pizza, Snoop Dog en un palco y, en fin, hasta los infaltables gringos en bermudas. No es posible que a quince grados centígrados, con el cielo de plomo encubierto sin visibilidad, con bolsas de plástico en la cabeza, estos güeros sigan llevando pantalón corto. Y en el medio tiempo soy la más suertuda de todas: en minutos récord logré ir al baño, comprar un hotdog y otra chela, y llegar a mi asiento antes del inicio del tercer cuarto. Advertencia: culminando el tercer cuarto, se suspende la venta de bebidas alcohólicas. El tiempo pasa rápido, pero en el estadio pasa rapidísimo. Festejo cómo los Rams se recuperan y a pesar de fallar un gol de campo, mantienen la victoria efímera, tan transitoria y finita, que terminaron por perderla. Triste retorno al hotel. Cuarenta dólares de ida en taxi, un dólar 75 de vuelta en metro y con amigos.